Desde el momento que hay un enlace entre una pareja, existe un compromiso de sacar adelante esa relación basado en el amor y respeto. Significa estar juntos y entregarse en cuerpo y alma, pero sin perder la libertad como ser humano.
Si esto le sucediera a uno de los dos se va a sentir atado y el término pareja dejaría de existir, ya que el amor es libre y la construcción de una vida en común se basa fundamentalmente en ese concepto.
El 80% de las parejas se siente atada y apenas el 20% libre para amar con responsabilidad, siendo buen ejemplo de que sí es posible tener uniones estables y verdaderas.
Pero ¿Qué sucede para que existan ataduras entre las parejas? Desgraciadamente, dice, se origina en los procesos que todo ser humano tiene de crianza, filtros mentales y marcos conceptuales, que hacen que a la hora de elegir a su compañero o compañera se caiga en convencionalismos sociales, como estatus, apellido, dinero e incluso adicción sexual.
Muchas veces la gente se une o se casa convencida de que ama a su pareja, pero cuando esa relación se ejecuta a través de la convivencia y el compartir descubre que el amor está basado en ataduras y no en Libertad. Libertad es sentirse identificado con un ser humano en función de que nos completamos o proyectamos placer desde el punto más sublime hasta el físico. En donde se puede ser uno mismo sin perder la esencia y el alma.
Los convencionalismos sociales son los que en algunas parejas hacen sostener, durante toda la vida, relaciones enfermizas que se van intensificando y consolidando con el tiempo. Estas llegan incluso a convencerse de que están viviendo una felicidad que no es real.
Generalmente estas pasan a otro punto llamada atavismo o adicción. Ellas tienden a imitar o mantener formas de vida o costumbres de otros, justamente por la falta de libertad consigo mismas. No soportan la idea de estar solos o solas y prefieren continuar con alguien que tal vez no aman, dejaron de amar o no llena sus expectativas.
Incluso por comodidad están atados a alguien porque les resulta productivo. De ahí que se entra en hechos de infidelidad, violencia doméstica, agresiones psicológicas, bajos niveles de autoestima o exigencias de servilismo.
De esta manera empiezan los patrones de conducta displicente en la pareja, es decir, la estructura atávica predomina sobre la cultura de la esencia del alma. Es perder el norte, el respeto, el límite, la consideración, el deseo íntimo y la comunicación verbal y sexual.
Las personas atávicas no son leales al amor hacia su pareja. Por eso es común caer en frustraciones y desvalorización. Lamentablemente, en este proceso de atadura se corre el riesgo de que los hijos reproduzcan esos patrones de comportamiento cuando mantengan una relación sentimental. Todo por los miedos que existen de confiar en nosotros mismos y que impiden creer que somos capaces de salir adelante.
Para evitar las consecuencias de las ataduras y atavismo es necesario que las parejas busquen tratamiento de reflexión terapéutica sostenida y espiritual, siempre y cuando haya amor en interés, sólo así es rescatable.
La terapia de pareja y las orientaciones familiares contribuyen mucho a salir adelante; ayudan a darse cuenta de qué procesos en la comunicación de pareja tiene arraigados y están obstaculizando la relación.
La terapia familiar sistémica brinda la oportunidad de ver a la pareja a la luz de un sistema familiar. Es decir, donde se revisan transgeneracionalmente las actitudes de nuestros antecesores y cómo influyen en el presente. Hoy se está viendo una gran crisis en función del compromiso, los jóvenes y adultos no resisten la posibilidad de comprometerse con un fin común, que es el bienestar de la pareja. Lo recomendable es que se contraiga matrimonio cuando la fase de enamoramiento de ha terminado, es decir cuando se ve la otra parte de manera objetiva y realista; y en donde hay proyecto de vida en común y en donde los valores y principios son similares. Pero en la práctica las uniones se presentan en el enamoramiento.
La terapia de pareja también ayuda para revisar la forma de expresión de la afectividad y la conformidad de ambos con respecto a ella. Este espacio de diálogo con un mediador, que es el terapeuta, ayuda a llegar a nuevos acuerdos que pueden intentarse para el efecto de la recuperación de la pareja.
El vivir sin amarse destruye el psiquismo de los hijos y el concepto de lo que es una pareja sana. Si unos hijos viven en una familia donde sus padres ya no son pareja y se sostienen sólo por las apariencias, ellos rechazarán la situación y no la querrán para ellos, pero interiorizan la actitud y de ella viene la tendencia a repetirlo.
No hay que caer en atavismo porque se corre el riesgo de vivir con ellos el resto de nuestras vidas, lo sano es aprender a tener libertad emocional para construir una vida de pareja estable y feliz, sobre todo, para que sirva de modelo a las futuras generaciones.
Y si no se quiere continuar con una relación, es mejor estar solo consigo mismo a estar en compañía de alguien sintiéndose solo. Si alguien quiere un cambio, este dependerá de las ataduras y atavismos.
La revista – EL UNIVERSO – domingo 27 de Abril del 2008 (pág. 18-19)